El profesor Ramón Valls Plana ha muerto

El pasado día 17 de agosto murió en el Hospital Clínic de Barcelona el que fuera catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona, Ramón Valls Plana. Realizó estudios eclesiásticos de Filosofía y Teología en San Cugat del Vallés y en Innsbruck. Estudió filosofía en la Universidad de Barcelona, donde tuvo entre otros profesores a Jaume Bofill y a Joaquín Carreras Artau. Emilio Lledó le dirigió la tesis doctoral Del Yo al Nosotros. Una lectura de la fenomenología del espíritu de Hegel, que leyó el año del bicentenario del nacimiento de este idealista alemán. La publicación de esta obra un año después, en 1971, le valió el reconocimiento como estudioso y conocedor de la obra de Hegel dentro del ámbito español e iberoamericano. Miembro de la generación de Profesores de Postguerra, ejerció su docencia en las universidades de Barcelona, Zaragoza, y País Vasco, cuya Facultad de Filosofía en Zoroaga puso en marcha en 1978. Volvió a la Universidad de Barcelona en 1979 donde desempeño su cátedra de Filosofía hasta su jubilación definitiva en 1998 y, posteriormente, fue defensor del estudiante hasta el 2003. Entre 1982 y 1985 fue presidente de la Sociedad Catalana de Filosofía que contribuyó a refundar con miembros del Col-legi de Filosofía como Eugenio Trías o Antoni Vicens.

A través de su docencia, de la dirección de tesis, y de sus publicaciones participó de manera relevante en dos procesos cruciales de la modernización en la filosofía española del último tercio del siglo XX: la secularización del pensamiento filosófico en general, y de la ética en particular, y la subida del nivel de los estudios históricos de la filosofía moderna y contemporánea. No publicó mucho. Entre sus escritos mencionaré, además del ya citado Del yo al nosotros (1971), La dialéctica. Un debate histórico (1981), El trabajo como deseo reprimido en Hegel (1981), Societat civil i Estat a la Filosofia del Dret de Hegel (1993) [traducida al castellano en Argentina en 1998], Conceptes per a una filosofia de l'educació pluralista i pacifista (1995), De los postulados prácticos de Kant a los objetos absolutos de Hegel (2004), y Ética para la bioética y a ratos para la política (2003), escrito este último para personas con curiosidad intelectual e inquietudes éticas, y que tal vez podría considerarse su testamento intelectual.

El profesor Valls tuvo un contacto frecuente con los profesores de filosofía de Cantabria en la década de los noventa a través del "Seminario de Historia de la Filosofía” (1993-2004), que puse en marcha con Miguel Angel G. de la Santa desde el CEP de Torrelavega y la Fundación Marcelino Botín, y a través de un curso de formación de profesores de Filosofía, dirigido por Adela Cortina en la UIMP en 1998. Fue la figura central del primer Seminario de Historia de la Filosofía, dedicado precisamente a la enciclopedia filosófica de G.W.F. Hegel (1994). Y participó también en el segundo Seminario dedicado a la materia “La vida moral y la reflexión ética” (1995), en el quinto dedicado a la “Historia de la Filosofía y de las Ciencias Sociales” (1998), y en sexto centrado en el proceso de reinstitucionalización de la última filosofía española, titulado “Transición y Recepción: la institucionalización de la Filosofía en España” (1999), donde presentó un informe sobre el desarrollo de la Historia de la Filosofía que publicó en el año 2000 Paideia. En este seminario nos habló de su cuidada edición castellana de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, que acababa de publicar en 1998 Alianza Editorial, y se lamentó del desinterés de esta editorial por su comentario de esa obra, con el que le hubiera gustado completar su edición. Este comentario habrá quedado entre sus papeles y, sin duda, verá pronto la luz. Recuerdo su intensidad y profundidad expositiva en una sesión privada, en la que nos explicó durante más de tres horas sin pausa cómo la Enciclopedia de las ciencias filosóficas supone la organización conceptual de la Lógica.

El profesor Valls fue un maestro y una persona entrañable y querida por todos los profesores que le conocimos en Santander. No era cientificista. Había traducido en buen castellano el parágrafo ocho de la Enciclopedia… donde se explica que la filosofía no comparte con las ciencias empíricas “libertad, espíritu y Dios” por la infinitud de tales objetos. Pero su inspiración hegeliana y su conciencia histórica le llevaron a burlarse de los intentos de suplantar la Filosofía con la Teología y las ciencias empíricas. Su cristianismo se había quintaesenciado en el respeto a “la sacralidad del que sufre injustamente”. Pensaba que la ética no nace del cielo, sino de la política, y recordaba que, si bien la política sin ética “llega a ser cruel y espantosamente injusta”, “la ética sin política… se degrada en moralina realmente inmoral”. Las costumbres que resultan de esa tensión entre política y ética son el verdadero sedimento y matriz de la vida social.

Este recuerdo del querido profesor Valls Plana bien puede concluir con una invitación a la filosofía como la que él mismo hizo en su prólogo de 1993 a la tercera edición Del yo al nosotros…, en el que tras pedir disculpas por no haber renovado esa “obra primeriza”, escribe:

“(…) Repitamos, por tanto, que el libro lleva fecha y que el lector se atenga a ella.

Evoquemos un poco aquellos tiempos que nos parecen ya tan lejanos. Recordemos que el país entero estaba dando un gran vuelco y con él muchos espíritus. Llegó entonces de Francia el interés por la Fenomenología de Hegel. Leíamos La conciencia desgraciada de Jean Wahl, El ser y la nada de Sartre, pero también los Manuscritos del joven Marx y muy pronto los comentarios de Hyppolitte y Kojève a la Fenomenología del espíritu. Desde otro ángulo, quizá no tan distinto, la teología de los jesuitas de Lyon reconocía su deuda con la misma fuente. Era natural que quisiéramos leer un libro que nos hacía guiños desde tantas esquinas. La traducción de Wenceslao Roces no existía, alemán no sabíamos… La primera lectura la hicimos por tanto en francés, guiados por Alfonso Álvarez Bolado en el seminario de filosofía de la Universidad de Barcelona. Al llegar a los versos de Schiller que cierran la Fenomenología, hubimos de confesar que no habíamos entendido nada. El libro de Hegel, sin embargo, nos interesaba e incluso nos parecía apasionante. Adivinábamos que hablaba de lo que nos estaba pasando o de algo muy parecido. Vuelta pues a empezar, ponerse a estudiar alemán, tomar notas, hablar y discutir entre unos pocos atrevidos. Y así se concibió este libro.

Teníamos un doble motivo que quizá para muchos lectores de aquellos tiempos fue uno sólo: hacernos con los orígenes de las tesis marxianas y examinar al mismo tiempo la racionalidad del cristianismo. La refundación de la España moderna a la que nos veíamos llevados exigía desde luego enterrar con Hobbes la Guerra Civil y pactar constitución política, pero el enfebrecimiento con que acometíamos esa tarea nos hacía sentir que no podíamos detenernos en la reflexión sobre el Estado. Era igualmente preciso el llamar a examen religión y trabajo, porque estas eran las articulaciones más doloridas de la convivencia humana en este país. Por ellas España se había partido en dos y continuaba dividida.

La Fenomenología… ofrecía ventajas para esta reflexión. En efecto, Estado, Sociedad Civil y Religión se trenzan en la obra de Hegel de manera única. En ella se encuentran, perseguidos hasta el fondo, los modos más esenciales de la interacción humana. Y mientras llevados de la mano de Hegel descubríamos la necesidad de que las libertades se relacionen libremente, advertíamos al mismo tiempo que ahí mismo, en esta misma necesidad, anida lo más negro de la condición humana: conflicto, guerra, dominación y muerte. Y sin embargo, también allí, en el fondo abismático de la existencia humana, encontrábamos la exigencia de dar con el sí de la reconciliación y con la paz. Hegel lo había vivido personal y generacionalmente en las turbulencias subsiguientes a la Revolución Francesa, lo había meditado y nos lo enseñaba. Marx, por su lado, nos decía que en la Fenomenología… se ofrece la filosofía hegeliana en estado naciente. Y es verdad. El concepto nace allí, en efecto, de la experiencia misma; esta se recolecta y se atesora en el concepto, y sobre él entendía Hegel que debía descansar la comunidad postrevolucionaria de los hombres iguales y libres.

La Fenomenología… debía leerse por tanto como breviario de experiencia y sólo así podía asumir aquella función de introducción a la filosofía que su propia autor le asigna. Ocurre empero que en la economía de conjunto de la filosofía hegeliana posterior, la Fenomenología… abandona este lugar iniciático. Como se explica con más detalle en el apéndice 2 de la presente edición después de la primera versión de la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas publicada en el año 1817, la Fenomenología se desplaza desde el pórtico al interior del sistema y pasa a ser segunda parte de la Filosofía del Espíritu. En la Enciclopedia… aparece casi perdida como un muñón en el que apenas puede reconocerse la obra vivaz de diez años antes. Pero en dos pasajes de la Enciclopedia…, a pesar de este empobrecimiento, Hegel recuerda el auténtico valor de la más primeriza de sus grandes obras. En el primero de ellos, trascrito en el apéndice 2 (ENC, § 25), Hegel nos explica que el libro se había alargado demasiado porque en él se vio obligado a atesorar toda la experiencia histórica que el formalismo ilustrado había echado a perder, pero que los nuevos tiempos demandaban. Un formalismo que además de ser estéril en filosofía, obstruía el camino natural de la inteligencia hasta la verdad de las cosas mismas y por su carácter abstracto se hacía raíz de terror y destrucción. En el segundo de estos textos, Hegel reformula aquello que habrá de considerarse siempre como el fruto más básico de la experiencia educativa, es decir, ganar la autoconciencia universal. Dice así en la Enciclopedia…:

La autoconciencia universal es el saber afirmativo de sí mismo en la otra mismidad, [de tal modo que] cada una de ellas, como singularidad libre, posea autosuficiencia [o sustancialidad] absoluta, aunque [al mismo tiempo] en virtud de la negación de su inmediatez o deseo, no se distingue de la obra, es universal y objetiva, y la universalidad real como reciprocidad la posee [cada una] sabiéndose reconocida en la otra libre, cosa que ella sabe en tanto reconoce la otra y la sabe libre.

[Nota del mismo Hegel] Este reflejarse universal de la autoconciencia, el concepto que se sabe como subjetividad idéntica consigo misma en su objetividad, y que por ello se sabe como universal, es la forma de la conciencia de la sustancia de toda espiritualidad esencial, de la familia, de la patria, del Estado; lo es igualmente de todas las virtudes, del amor, de la amistad, de la valentía, del honor y de la fama. Pero este aparecer de lo sustancial puede también separarse de lo sustancial y mantenerse de por sí [como mera apariencia] como honor sin contenido, prestigio hueco, etc. (ENC, § 436)


Se mantiene por tanto en la Enciclopedia…, e incluso se subraya a despecho del laconismo de sus formulaciones, que el fruto de la hobbiana lucha a muerte de los egoísmos más naturalmente legítimos es la autoconciencia que se sabe una con la dignidad de todos los seres humanos. Sólo esta conciencia madurada en el conflicto y en el choque de los intereses contrapuestos es capaz, en fin, de convivencia ética y política (Cfr. ENC 552 N). Algo queda por tanto por aprender de la Fenomenología del Espíritu, sobre todo en la medida en que la Filosofía quiera echar raíces en el mundo de la vida.

En cualquier caso, Hegel es ahora un clásico. Clásico discutido, desde luego, y muchas veces denigrado. Como él mismo advirtió en el prólogo a la tercera edición de la Enciclopedia…, al fin ya de su vida (1830), a él le ha cabido un destino semejante al de Hobbes y Spinoza. Una fatalidad que convierte a Hegel, como al estos antecesores suyos, en perro muerto al borde del camino: un objeto de horror del que cada uno se aparta para definirse por la distancia que toma respecto de él, y no por lo que de él aprende. Es igual. Como todos los maestros de verdad, Hegel no quiere discípulos, porque repudia toda autoridad que no sea la razón misma. Él está seguro, por otra parte, que si frecuentamos la razón porque todavía filosofamos, pasaremos por él y por lo que fueron sus paisajes intelectuales. Nos enseñará por lo menos a pensar la realidad sin simplificarla demasiado.”

Dc. Gerardo Bolado

Ies. Peñacastillo